INT. Noche
[Plano general, viendo una habitación tras una ventana. Noche, por la falta de tráfico podría tratarse de la madrugada. Fondo a la izquierda, una puerta, al lado un armario, hasta el extremo derecho, un escritorio. Se percibe, levemente, una silueta en el escritorio. ¿Recostada, inclinada? Atravesamos la ventana, nos situamos a un lado del escritorio. Plano medio a la altura de la tabla del escritorio. Sujeto a la izquierda, su cabeza al centro, el resto de la habitación a la derecha]
Quizá, irte fue lo más importante que pudiste haber hecho. Una seña de que existe todo un mundo, una vida aparte, fuera de estas paredes en las que nos encerramos sin más que el pecado de haber nacido dentro de ellas.
[La silueta se empuja hacia atrás en la silla violentamente, nos hacemos rápidamente para atrás para mantenerla en cuadro. Se levanta, la cabeza aún gacha, los cabellos revueltos, casi quebrados, tapan cualquier semblante de un rostro, los brazos colgando al viento. Da vuelta, camina hacía la esquina izquierda del cuadro. La seguimos con un paneo. Se sienta en una de las esquinas de la cama. Plano contrapicado, 45°. La silueta inclinada; a la derecha, la ventana.]
Es una oscuridad que no se resiente, en la que los ojos no sufren puesto que conocen la luz que alguna vez los habitó; unos pies que conocen el camino hacia el extremo de la recamara donde solíamos hablar, donde los sueños fluían con nuestro aliento y la salinidad de nuestras risas impregnaba la colcha, una que, ahora, ha manchado permanentemente el cubre-almohada de tantas lunas que la ha permeado.
[Se tira sobre la cama, brazos extendidos a los lados. Nos movemos sobre la silueta. Plano medio cenital, La luz de la ventana permite discernir ligeramente el lado derecho de su rostro, su ojo cerrado]
Todo sigue donde lo dejó tu mirada la última vez que estuviste aquí, lo único que se ha movido fuiste tu y, quizá, fue lo más importante que pudiste haber hecho. No dejar un mensaje, no dejar una carta, no dejar más que lo que, irreparablemente, mi mente convertirá en los viejos buenos tiempos, en comida para la nostalgia que tuviste que desechar para salir de aquí. No te recrimino, no te detesto. Te quiero más ahora que nunca, aunque no estés, puesto que la única forma de continuar en este sinsentido es, al menos, saber que es posible salir de aquí.
[Giramos al frente y a la izquierda para encuadrar todo el cuarto, retrocedemos hasta salir por la ventana del inicio. Algún transformador de luz cruje con los grillos. Fundido a negro].
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