El Impostor


 
Yo no soy un artista. Al menos nunca me he considerado como tal. Ninguna nota, palabra ni partícula visible ha salido de mí, no son más que una copia en carbón tergiversado. No soy más que el hijo de los grandes maestros, la sombra de mis mentores que me enseñaron la magia de un haluro de plata bien posicionado, de frecuencias correctamente anguladas y del arte de dejar correr la tinta sin darle demasiado dirección y, aún así, llegar entero a puerto.
 
Yo no soy un artista, la trama me obligó a parecerlo. Los comics de Hulk mal garabateados en lienzos carta para condensar nubes que difractaran los gritos de mis papás, los primeros cuatro acordes que formé se multiplicaron para perderme en mis audífonos y olvidar que existo, y los primeros apuntes en mi libreta fueron imaginando un ángel que, entre ascuas, me elevara a un lugar desconocido, me mostrara las luces de la ciudad sobre el cerro para que me diera cuenta de que el mundo era mucho más que lo que recluí a mi cuarto.
 
Yo no soy un artista, soy un mentiroso patológico que ha engañado al mundo para creerme, la peor estafa maestra. En realidad, no engañé a nadie, después de todo, por mucho tiempo lo que hiciera a nadie le importó, quizá todavía. Siempre fue más importante lo que hicieran en mi núcleo, mi “arte” siempre fue muy mío, de mí, sólo para mí, hasta que la falacia se fue a estrellar contra un iceberg. Empezaron a escabullirse entre las rupturas los fisgones que se lo tomaron en serio, que, en un descuido, deje entrar por los tablones de mi alma, erosionados al grado de crear fisuras en las paredes lo suficientemente grandes para que, quien quisiera, viera dentro. Quizá siempre estuvieron ahí, solo a nadie le importó acercarse lo suficiente. Y al fin llegaron los idiotas a derrumbar la torre que por veinte años he construido con tanto cuidado. Los únicos idiotas que decidieron, les interesa si dejo de respirar mañana. Los idiotas que me ablandaron y me alejaron de mi nomadismo, me hicieron desear dejar de quebrarme y aprender a ser aire, ¡cómo se atreven! 
 
Lo peor no fue el temblor en mi ser, fue que empezaron a tomarse enserio mi “arte”. Empezaron a leerme, escucharme, verme y cruzaron la línea, fueron más allá del “que padre” y me dijeron qué les conmovió, me mostraron la coma que faltó, me preguntaron los significados y, su más grande error: me consideraron digno de ver su arte. ¿Cómo carajo se supone que les dé críticas constructivas a ellos si yo no soy un artista? ¿Cómo se dejaron llevar por la ilusión, y me vieron como algo que no soy? ¿No vieron todas las señales? La primera persona de Dazai, los estribillos de Spinetta, los barridos de Moriyama. No hay una sola gota de mí, y esperan que sangre sobre ellos.
 
Es momento de ponerle alto a esta farsa de una vez por todas.
 
Quizá debo aceptar que soy un artista.

Quizá, aunque solo sea un impostor.


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